Alejandro Yapur ingresó al ICE con 48 años y muchas dudas. Hoy, tres años después y a punto de recibirse de Técnico Administrador de Empresas, hablamos con él sobre dejar los miedos atrás y animarse a tomar decisiones que nos hagan estar orgullosos de nosotros mismos.
Una decisión que llevaba años dilatando
Seguir sus estudios era un sueño para Alejandro desde que terminó el secundario en su adolescencia, pero llegaron el casamiento, el trabajo y los hijos, así que lo fue postergando año tras año.
Ya de grande y como miembro de la Acción Católica Argentina, veía a los jóvenes a su cargo estudiar, recibirse y festejar; veía de cerca el entusiasmo por aprender. Pensaba "Me tengo que animar a hacerlo, yo quiero eso para mí".
No sabía si iba a tener el tiempo o la capacidad después de tantos años sin estudiar, ni cómo se organizaba una carrera: los parciales, los finales, qué era promocionar una materia. Igualmente, en enero de 2024 tomó la decisión. Se lo dijo a su esposa, y ella le respondió: "Mirá que te va a costar", pero a pesar de todo lo apoyó.
Un grupo que lo sostuvo
Recuerda bien el primer día: los nervios, el aula llena de compañeros y una sola idea dándole vueltas: “La mayoría podían ser hijos míos”.Hoy en día reconoce que no hubiera podido solo. Fueron sus compañeros quienes hicieron posible que siguiera. "Nunca me hicieron notar la diferencia de edad, al contrario, siempre hubo mucho apoyo", cuenta. Se ayudan cuando hay que prepararse para un examen, "Más allá de las notas, sabemos que tenemos que salir adelante entre todos".
También destaca a los profesores, que para él son lo que distingue al ICE de otras instituciones: cercanos, dispuestos a dar una mano en todo momento, una relación humana que trasciende la de profesor-estudiante. "El acompañamiento de ellos fue crucial", asegura.
Por su familia, por los jóvenes, por él
Lo que lo mueve es, sobre todo, poder dar el ejemplo. Tiene tres hijos, de 15, 18 y 21 años, y quiere que vean que con esfuerzo se puede lograr lo que se propongan. Pero ese ejemplo no se queda en su casa: así como los chicos de la Acción Católica fueron un ejemplo para él, hoy les repite a las nuevas generaciones que no dejen de perseguir sus sueños. "Cuando no tengan fuerzas, que se pongan un objetivo. Si uno ama lo que hace, el esfuerzo no es tan duro, se siente bien y siempre da frutos" les dice.
También piensa en sus padres. Les pidió que se cuiden porque necesita que estén en agosto del año que viene: quiere compartir con ellos el momento y regalarles su título.
Y lo que aprende ya lo aplica en Ortopedia Medicare, donde trabaja en el área administrativa. La carrera le abrió la mente sobre lo que implica llevar adelante una empresa y le dio herramientas para aportar en su trabajo. "Todo esto me ayudó mucho en lo profesional, pero también en lo personal", resume.

Alejandro (izq.) en su oficina con dos de sus colegas (der.)
"Profe"
Alejandro cuenta que, por su edad, estudiantes de otros años y otras carreras se confunden a veces y lo llaman "profe". Esa confusión, sumada a la experiencia de ayudar a sus compañeros, le despertó una inquietud: descubrió que le gusta la educación. Hoy piensa la posibilidad de seguir formándose en pedagogía y ser profesor del ICE algún día.
Lo que queda
Alejandro lo tiene claro: "Tenía ese prejuicio de que ya no era momento de estudiar, me lo saqué y hoy digo con gusto mi edad porque me siento orgulloso de mí mismo". Y al Alejandro que entró por primera vez al ICE con miedo le diría “Mirá todo de lo que sos capaz”.
A sus compañeros, a sus hijos y a quien sea que esté dudando en animarse a hacer algo que desea, les dice lo mismo: nunca es tarde.
Desde la Comunidad ICE celebramos historias como la de Alejandro, que nos muestran que nunca es tarde para capacitarse y que el mejor ejemplo que podemos dejar es el de animarnos a superar nuestros propios miedos y perseguir nuestros sueños.